En el LACMA* otra vez. El sábado, a las cinco de la tarde. Que Katia Moraes era la atracción principal. Vamos pues, dije sin muchas ganas. Entonces allá nos vemos yo llego por mi cuenta, a fin que hay transporte público para llegar al lugar del evento. Sale pues, allá nos vemos.

Me baje en la Wilshire y Faifax después que el desconocimiento de esta ciudad me hiciera tomar el camino largo. Por un lado de Urban Light, luego de sortear y dejar atrás un enorme grupo de ciclistas que platicaban en las rutas de acceso, busqué una mesa desocupada. La escogida, aunque chaparra, ni mi lonche ni mi hambre despreciaron. En un muy europeo pan acomodé el queso primero, después el jamón. La primer mordida a gloria me supo porque el hambre ya me había alcanzado. Faltando menos de veinte minutos para la cita y con el postre en mis manos, directo al área del concierto.

Al fondo el área cuyo foro esta rodeado de bien cuidados árboles, gradas a su espalda y jardín al frente. Pasos rápidos me impulsaban para ya no más dilatar mi presencia. Había llegado la hora de escuchar música de Brasil.

Las áreas soleadas aun vacías. Las sombreadas, casi totalmente ocupadas. Si, a estas horas de un día del agosto californiano, la frescura es muy cotizada. Las conveniencias de madrugar eran evidentes. Todos de fiesta, esperando. Caras sonrientes, sillas plegables llevadas por sus ocupantes, mantas tendidas en el suelo, comida y bebidas sobre ellas, mujeres con vaporosas vestimentas de verano. Los murmullo de instrumentos y voces que junto al ingeniero de sonido hacían sus pruebas, raros sombreros en las cabezas de mujeres ya mayores que disfrazaban un poco su exagerado maquillaje.

Y ahí estaba ella sobre el escenario. El azul mezclilla de su vestido, el rojo de sus huaraches y collar, su piel morena. El pelo recogido con chongo atrás y sus hombros descubiertos, resaltaban más su belleza mestiza. Los músicos vestidos de blanco como el color de su piel. Es Katia, se notaba a leguas. Ejercitaba su voz, sonreía, comentaba cosas con los del grupo y el ingeniero de sonido que parecía cerrar más sus orientales ojos al verificar sus datos en una iPad.

Los asistentes, de razas y vestimentas multicolores. Verdes intensos sobre pieles obscuras; estampados floreados sobre pieles blancas, aretes y collares multicolores, troncos moteados enmarcados con verdes follajes. Colores, colores por doquier.

“Imaginen que están en Brazil,  en mi casa, como mis invitados”, dijo Katia en un inglés que a mí me pareció perfecto, sin acento extranjero, producto de sus casi 24 años de radicar en Los Ángeles. ¿Imaginar Brasil? Difícil para mí que tengo muy presente que vivo en los Estados Unidos de América. Bueno, que caray, quizás  tantos colores a mi alrededor ejercitarán mi imaginación y lo imposible ya no lo será tanto.

¿Latinos? No había muchos. Parece que a la raza no gusta de la combinación de Choro y Samba que este día decidió ofrecer el LACMA. Y luego que a estos del grupo Falso Baiano, sobre todo al que toca los metales, le da por jazzearle un mucho. O tal vez se sienten más cercanos a la Salsa, que no se canta en portugués. Ya ves, a veces entender el idioma en que las canciones son escritas vale. En fin, que esta vez inglés y portugués manifestarían las emociones de los asistentes.

Sonriendo bajó del escenario por su parte trasera, levantando su largo vestido con su mano para hacer más fácil su andar por los escalones. Sus ojos, fijos en la primera fila de sillas donde estaban los asistentes. Con su brazo extendido apuntando a una mujer joven, hizo la invitación a bailar. Platicando, sonriendo casi siempre, sus movimientos lentos y alegres mostraban su gusto por el baile. Las enaguas, agarradas con una de sus manos. La otra, casi siempre en lo alto, como varilla de metrónomo, balanceándose, dando cadencia a sus movimientos.

La fiesta estaba por empezar, los asistentes animándose a bailar, los que faltaban por llegar aparecieron y se ubicaban con quienes los esperaban, las sillas y mantas en el césped con menos espacios vacíos.

El calor aunque no tropical, el baile de la cantante, la música y el mosaico racial que esa tarde sudaba en el LACMA, hacían más fácil fingir por unos instantes que me encontraba en en São Paulo y no en Los Ángeles. Quien con tanto feeling tocaba en ese momento la flauta parecía saber la alegría que trasmitía a quienes lo escuchábamos.

Definitivamente: el chocolate con almendras que se derretía en mi boca no era lo único que me transmitía contento.

* LACMA – Los Angeles County Museum of Arts


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