Aperíngela con ganas, carnal

Ese día la comunidad estaba de fiesta, por lo que decidieron que el Grupo del Pachuco José se hiciera cargo de la música en vivo. Estaba compuesto por cinco hombres y dos mujeres. Todos latinos, salvo un carnal de origen chino que tocaba el saxofón. Ellas y ellos con vestimentas a la usanza juvenil de los años cuarenta del siglo pasado.
A la primera melodía los presentes se abalanzaron a la pista, luciendo sus zoot suit. Una pareja se alborota con la estrofa de la canción: “En el sábado en la noche / yo me voy a borlotiar / con mi linda pachucona, las caderas a menear…”. Él, sin saco, portaba tirantes obscuros que contrastaban con su blanca vestimenta. Una flor incrustada en la cabellera de su acompañante, resaltaba la alegría en su rostro moreno al ver los ágiles movimientos de su hombre. Sus miradas no disimulaban la querencia entre ellos mientras los pies y brazos de este dúo parecieran no querer ni necesitar descanso.
Viéndolos tan entregados el uno al otro, Hortensia tuvo la certeza que su momento había llegado. “Abre tu corazón, mi’ja. Hoy puede ser tu día. Uno nunca sabe.” decía su abuela.
Después de algunas rolas de swing el grupo cambió de género, animando aún más la fiesta. Entre la multitud dos almas solitarias esperaban los favores de la ventura. Sin conocerse siquiera, sin saberlo aún, estaban a punto de iniciar juntos un viaje a la tierra prometida.
#1
El bullicio de los asistentes, gritos y sonrisas, llenaban por completo el espacio circundante. Abundaban los tacuches entre los presentes. Sacos que llegaban a las rodillas y pantalones bien fajados arriba del ombligo, lucían junto a las perneras anchas de puños ajustadas y valenciana. Algunos portaban una pluma de faisán en el sombrero. Muchos eran clientes de la tienda El Pachuco Zoot Suit ubicada en Fullerton, o alguna otra similar, que se especializaban en la venta de estas prendas.
Inmersa en ese ambiente, Hortensia se sentía proud to be chicana. Con donaire lucía su vestido y zapatillas, escogidas gracias a las sugerencias de la misma Vanessa Estrella, nuera del fundador de esa casa comercial. Además de identidad, ese atuendo le daba el ancla necesaria para permanecer a ras del suelo, afianzando el contento de pertenecer al barrio. También albergaba la esperanza de mitigar el dolor de no tener un hombre con quién compartir sus días.
Dispuesta a dejar que el destino hiciera lo suyo, Hortensia acomodó sus medias y con la mano alisó su cabellera. Estaba lista, en espera del milagro. Aunque pasaba de los cincuenta, creía firmemente en un destino mejor. Presentía que lo que estaba a punto de ocurrir, borraría por completo el recuerdo de su pasado. Las mal logradas relaciones anteriores dejarían de ser una espina en su corazón.
Tony también llegó al festival con gran entusiasmo. Desde que se enteró del evento, las palabras de su madre resonaron en su mente. Ella no se quería ir de este mundo sin verlo con una mujer a su lado. Él exponía sus razones sobre lo difícil que es encontrar la pareja apropiada, pero esos pretextos no valían ante la sabiduría de una mujer con la experiencia que da una vida difícil. “No es bueno estar solo, mi’jo. Ya no pierdas el tiempo. Nadie va a llegar a tocar a tu puerta. ¡Sal a la esquina de tu casa y agarra a la primera que pase por la calle!”
A sus sesenta y tres años, se sentía fuerte, tanto, que aún recordaba la forma de caminar como rey por las calles del East L.A. Siguiendo su costumbre, observó atentamente, aunque sin temor, a los presentes. El sentimiento de vivir en la selva hace mucho tiempo había desaparecido. Dejó de ser predador. Su mente estaba tranquila: no sentía deberle a nadie, ni quería cobrársela a otro ser humano.
Ahí, frente a él, se encontraba Hortensia. Esta no era la esquina de su casa, pero las palabras de su progenitora parecieron materializarse. Sabiendo que para ser hay que parecer, se fue aproximando lenta, elegantemente hacia ella, quién, distraída, no se percató que era la elegida. Tony llevaba la mano izquierda dentro del bolsillo. Sentir la cadena que colgaba por su pierna y cuyo inicio se escondía prudentemente al interior de su holgado tramo, le daba seguridad. El vato estaba a pocos pasos de ella. Sus ojos se encontraron cuando Hortensia giró su rostro. Él tocó con dos dedos el ala de su tando, recorriéndola de atrás hasta la parte frontal. La seguridad y lo alegre de su rostro, fue correspondido por una coqueta sonrisa. Con su mirada Tony la invitó a bailar.
El grupo anunció que las siguientes melodías eran para bailar de cachetito. ¡Aperinge a su morra, ese!, dijo el Pachuco José. Se escucharon los primeros acordes del Fotógrafo de las Estrellas, lentos, suaves. Hortensia reconoció ese danzón, aunque nunca supo el nombre. Se dirigió hacia él, acercándose lo suficiente para dar acuse de mensaje recibido y aceptado. Tony acortó presto la distancia entre ellos. Los dos gustaban de esta música. La madre de Hortensia procuró que aprendiera a bailarlo desde niña. Tony le agarró el gusto tomando clases junto a otros chicanos entusiastas en busca de sus raíces hispanoamericanas.
Esa tarde de verano, Boyle Heights creaba las condiciones propicias para que estos dos seres se toparan. Era el escenario ideal para entenderse a ritmo de danzón. La pista y la música los esperaban.
Sin apuros, en medio de la pista, iniciaron el baile. Para dar los primeros pasos ella esperó el comando de su hombre, y obediente, siguió su guía. Hortensia mostraba su felicidad sonriendo, y apegada al guion, trataba de no fijar la vista en Tony. Él buscaba insistentemente los ojos de su bailadora. Sabían los códigos, no eran improvisados.
#2
La música cambió de ritmo y los dos dejaron de moverse. Tiempo de descanso. Con paciencia debían esperar el momento exacto para reiniciar el baile. Hortensia movió rítmicamente el abanico en su mano. La leve mueca de sus labios, y la alegría que brotaba de sus ojos, hicieron hervir la sangre de Tony. Era una tarde calurosa en Los Ángeles, mas para Hortensia la necesidad de flirtear minimizaba el calor ambiental.
Tony, parado frente a ella, con garbo llevó el cigarrillo a su boca, haciendo patente la atención prestada a sus señales. Él cargaba con la responsabilidad de reconocer el momento preciso en que el baile reiniciara. Era su privilegio, lo que se esperaba de él y no estaba dispuesto a cometer errores. Sin esquivar la mirada de Hortensia ni la de otros, mantenía las piernas firmemente ancladas en el piso, con gracia y músculos atentos, aún flexibles. Su lenguaje corporal era el de un hombre seguro, que no sabe titubear en los momentos importantes.
No había preguntas. Las palabras que intercambiaron fueron pocas. Se estaban dando tiempo. Se negaban a dejar que los lugares comunes, esas palabras tantas veces dichas y escuchadas, enturbiaran el momento. Hoy estaban dispuestos a ser ellos mismos. No permitiría que frases carentes de honestidad entorpecieran el otro lenguaje: el de la confianza y el deseo.
Ella era de Pico Rivera, él del East L.A. Sus abuelos habían emigrado en los años veinte y empezó a gestarse otra realidad familiar. Para las nuevas generaciones ser chicano en Los Ángeles no fue fácil. En los setenta y ochenta las carencias, la marginación y la violencia, como siameses permanecían junto a ellos, al igual que sus sombras en aquellas tardes de verano cuando huían de la tira. En el barrio y en la vida se pagaban las consecuencias de no tener piel blanca y en el caso de Hortensia, había un pago adicional. Ser mujer en un sistema patriarcal y brown en tierra de güeros, fue como empezar la vida con el pie izquierdo.Desde temprana edad, en el seno de la familia, aprendieron a estar siempre en la lucha. Levantarse una y otra vez para seguir viviendo, sin importar las veces que cayeran al piso, aparentemente derrotados. Los lazos familiares eran cuerdas hechas de acero, donde se aprendía a sobrevivir siendo parte de una comunidad. A través del barrio preservaban su espíritu rebelde y su cultura. Por eso amaban a sus parientes, sus amigos, sus comidas, sus calles.
Hortensia y Tony decidieron ir a este festival a celebrar. Cada uno a su manera, creían firmemente que los mexicanos nacen donde les da su chingada gana. Las vestimentas, el color de piel de los asistentes, escuchar los ritmos y letras que hablaban de cosas que les eran familiares, reafirmaban sus identidades y alimentaban el deseo para seguir adelante. Significaba celebrar que las cosas estaban bien. Era el grito de su raza atestiguando que seguían aquí, que no se irían porque esta tierra les era suya.
#3
Hortensia levantó el meñique cuando dejó de mover el abanico. Tony aprovechó la señal para abrazarla. Su mano izquierda recibió la mano de ella y la levantó a la altura de su hombro. El brazo derecho rodeo la cintura y tocó su espalda. Ella sintió las manos fuertes de Tony y por su humanidad circuló una corriente eléctrica que le puso la carne de gallina. Su cuerpo no sabía mentir. Aún recordaba lo que era sentir el calor de un hombre a su lado.
Tony lo notó y su cuerpo dejó que ese flujo también recorriera su organismo. Sus músculos se volvieron tan buenos conductores como el cobre. Acercó a la bailadora. Las carnes aún firmes de Hortensia también se transformaron, permitiendo que, después de permanecer tantos años almacenada, la sobrecarga fuera liberada. En ese instante, como un torrente, fluyó impetuosa hacia su destino.
La belleza de Hortensia dando finos pasos de danzón, le reafirmaron a Tony que la velada estaba en su mejor momento. Por su parte, ella estaba segura que el universo actuaba a su favor. Lo sintió desde el momento en que lo vio acercarse. El movimiento de la pluma en el sombrero de ese carnal le recordó el cortejo de las aves. Este macho alfa, emplumado, elegante, cadencioso y sonriente, mostraba lo mejor de él para que ella lo escogiera de entre los otros del corral. Su vista, fija y penetrante, hicieron que la oferta no pudiera ser rechazada.
#4
La noche llega y el baile termina. Salen de la pista despacio, con pasos cadenciosos, porque para esta pareja, la historia apenas comienza. Tony ofrece su brazo flexionado y Hortensia, firmemente lo amarra con el suyo. Así permanecen en su corta caminata hacia “La Luna”, en la 1ra y Soto. Acepta la invitación a cenar, no solamente por su deseo de saborear el pozole rojo, sino para sentir a Tony junto a ella.
La música de fondo en el restaurante proviene de la radio. Mariachi y tríos principalmente. Aquí, en este rincón de Aztlán, en este restaurante donde las salsas aún pican, no se escuchan otros géneros. Por unos momentos a Hortensia no le hiere que, a dos cuadras de aquí, en el Ross Valencia Park, mataron a su primo Smiley. Por su parte, Tony recuerda su primera clase de teatro en Casa 0101 después de que salió del juvie, esa cárcel para menores a la que fue a parar por delitos cometidos en su adolescencia.
Hortensia escoge beber un Jarrito de tamarindo. Tony automáticamente pide “a coke”, un vaso con hielo y dos limones partidos. Las enchiladas y el pozole en la mesa, eran propicios para el acercamiento sentimental a estos dos seres que se estaban dando la oportunidad de desprenderse de ellos mismos, so they can finally enamorarse de nuevo.
Aman esta zona de la ciudad. Colindando con el East L.A., este lugar, a pesar de no ser el país mágico más allá de San Diego, era como sus vidas mismas: olía a México. También aquí rifa la piel mestiza y se saben afortunados por ser producto de dos culturas. Son Chicanos.
Tony se siente bien de andar con su ruca, su morra, su mujer. Sin preámbulos dice: “I like you un chingo, esa. ¡Por vida!” Esas palabras hacen brotar capullos en el corazón de Hortensia y magnifican el orgullo que siente de estar aquí con su pachuco.
Se dejan llevar como en las montañas de los Andes lo hace el gran pajarraco, sin oponer resistencia al viento, gozando, entendiendo que estar vivos es un honor. Sin oponer resistencia, dejan nacer y crecer sentimientos que den cuenta de su capacidad de amar. Estrechan la mano extendida, tomándola como puente que lleva a ese otro cuerpo que, ansioso, espera por ellos. Sin miedo, siguiendo el ritmo que les marca la existencia, porque ahora son dos que han decidido bailar juntos.
Porque la vida es como un danzón, donde el gran pecado es bailarlo solo.
ESCRITO POR: el Jelipe (J. Felipe Rodriguez Romero) Tijuana, México – 2025










