En diciembre de 2011 me regale una tableta lo que significó para mí la entrada formal a los libros digitales.

La decisión que fuera una Kindel Fire y no otro dispositivo digital, la tomé después de ver varias opciones del mercado, entre las que la iPad siempre fue mi primera opción. ¿La razón? Muy simple: es un producto de Apple y usarlos es cool, pero el precio y tomando en cuenta que el principal uso sería leer libros, me hicieron preferir algo más modesto.

En esas fechas Amazon lanzaba este modelo y las reseñas sobre las cualidades del producto la hacían lucir muy atractiva para mí. Bueno, además estaba el hecho de que tengo más de diez años que compro libros (y otros productos) en Amazon y me considero un cliente satisfecho.

Antes de la llegada de aquella navidad de 2011 ya contaba con algunos libros digitales en formato .mobi, la mayoría de ellos técnicos y en inglés, que leía en la aplicación de Amazon para computadoras personales. La verdad me resultaba pesado hacerlo ya  que leer en pantalla no es algo que me resulte agradable, sobre todo tratándose de textos largos.

Así es que no era del todo novato en este nuevo mundo no solamente porque en mi biblioteca digital ya existían algunos ejemplares, sino porque desde aquellos lejanos tiempos de las Palm Pilot las posibilidades de almacenar y leer desde un dispositivo de estos, eran para mí parte de las maravillas del siglo XXI. Claro que afines de los noventas mi visión era excelente, no usaba gafas y las dimensiones de la Palm, me permitieron leer algunos textos sin grandes complicaciones.

El caso es que armado con estas experiencias remotas, la gran cantidad de documentos PDF que he almacenado en años, los eBooks recién adquiridos y la nueva tableta, iniciaba un 2012 dispuesto a leer más y mejor.


Pero la realidad no fue tan atractiva como la imagen que me construí de ella, A decir verdad ni uno de estos casi 30 libros lograba quitar las telarañas de la nostalgia, del sabor de hojear páginas, del sonido o el olor de estas, de las sensaciones táctiles de texturas diferentes entre las pastas y las hojas del libro tradicional. Mis ganas de hojear se frustraban, mis deseos de pasar a aquella referencia necesaria en el momento de urgencia era imposible, mis curiosidades anticipadas por saber con una sola mirada y rápidamente cuanto más del capítulo actual me faltaba por leer, no podía ser satisfecha a como estaba acostumbrado. Además mis ojos ya o eran aquellos que leían sin problemas letras diminutas en pantallas pequeñas.

Y mi lectura no era como había esperado en esta mi incursión al mundo digital, sino al contrario, en vez de aumentar, disminuía. Estudiaba, aprendía, consultaba referencias en línea fácilmente, desde un solo dispositivo. Pero seguía añorando el papel y la sensación de que los tiempos pasados siempre fueron mejores permanecía dentro de mí. Y mi desencanto fue tal que llegue a creer que esta situación tenía relación directa con mis bolsillos, y que no saldría impune por haberme ahorrado casi doscientos dólares !Debí haber comprado la iPad!, me dije más de una vez.

Para mi buena suerte llegó el mes de junio y junto a sus calores, la magia de la literatura. Las letras de Elfriede Jelinek, Imre Kertész y Herta Müller aparecieron en la pantalla de la Kindle y de buenas a primeras, el contenedor en el que se mostraban pareció no importar. “Los Excluidos” (Elfriede Jelinek) fue el primer libro que leí completo en ebook digital. Siguió “Hoy hubiera preferido no encontrarme a mí misma” (Herta Müller) y después “Sin destino” (Imre Kertész). Las tres  en menos de un mes, sin esfuerzo alguno, disfrutándolas, sin añoranzas, y con la añadidura que podía hacerlo en lugares en los que me hubiera sido difícil con un libro de papel.

Las obras de algunos ganadores del Premio Nobel de Literatura y varios ejemplares de novela negra de autores mexicanos y españoles,  forman ahora mi colección digital.

La verdad es que aún tengo y leo libros en papel, pero en estos diez meses he leído diez y seis libros digitales, quince de los cuales son novelas y ahora se que ya no hay regreso para mí. Ya les agarré sabor. Ya se que funcionan. Ya se que mi tableta es un contenedor más y que la magia de las palabras, el torrente de emociones, ahí están y no se pierden. En la literatura el viaje se hace a través de la palabra, no del contenedor.
 
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